domingo, 21 de abril de 2013

Capítulo 2


Estaba sentado en mi silla de cuero, con las manos entrelazadas y los nervios de punta, esto no era nada bueno, solo el Sacrilegio se reunía por asuntos graves.
¿Qué mas puede ser?, pensé pasando mis manos sobre el cabello, pues si era algún otro asunto de chicos cazadores o adultos nerviosos por perder a sus hijos, me lanzaría por la cascada. Ser el presidente a mis veinte años era peor que la pubertad temprana, pues ¿Quién diría que mi padre se mataría en los bosques dejándome al cargo de un país completo? Nadie.
Tu padre era un gran hombre, decían todas esas personas del consejo, con sus ropas de seda y sus cabellos bien peinados. Ni siquiera sé para que debo seguir con el cargo de presidente si existe el Sacrilegio, digo, sería mucho mejor para mi.
Odio el hecho de que me culpen a mi por prohibir la música, digo soy un chico joven, obvio que amo la música. No tenemos artistas nuevos, sino los pocos que conocemos de los años mil novecientos sesenta al dos mil treinta y cinco , pero mi padre prohibió todo eso como venganza por la traición de los pueblos.
La puerta se abrió de golpe y los miembros del Sacrilegio, -las mujeres con sus batas rojas escarlata que les  cubrían los brazos y llegaban un poco mas debajo de las rodillas con sus pantalones rosa pálido y sus cabellos oscuros con tez pálida, los hombres con sus capuchas un poco corrugadas color verde bosque que le cubren los ojo, con pantalones blancos y sin mangas, con sus cabellos peinados hacia atrás y su tez pálida- entraron bruscamente a la habitación, les mire sorprendido y me señalo una mujer bruscamente.
-Tú muchacho, solo nos metes en desgracia –su tono de voz se podía tomar seductivo y reprochador-. La gente se queja y pregunta sobre su libertad. No podemos permitir que el pueblo este inquieto todo el tiempo, podrían revivir los días de guerra y la sangre correrá a mas haya de la ultima vez. Tienes que hacer algo al respecto, distraer a tu gente, controlarla como hacía tu padre Leo Grimm, solo él sabía los secretos para mantener contenta a la gente con los pactos del Sacrilegio, muchos nos llaman pecadores, pero somos la ley. La ley que los a sacado del hambre y salvado de la muerte en muchas ocasiones, si no nos respeta matamos. Si se nos ordena torturamos. Si no hay salida hablamos con el más allá y pedidos ayuda. No somos terroristas, somos la única esperanza para esta generación.
-Somos salvadores. Matar es salvaguardar su futuro. Torturar es su lección del día. Ofrecer al dios es procurar un buen pago. Así se cuida al pueblo –dijeron todos los miembros al unimismo, su voz al recitar tal cosa era tétrica, la piel se me erizo al escuchar tan siquiera la primer frase-.
-Mis señores, matar solo empeora las cosas, nunca para bien o para mal. –me levante de la silla, las rodillas me temblaban y sentía un sabor agrio en mi garganta- eso es lo que mi padre me enseño, que matar no arregla nada, el correr de la sangre de inocentes no les traerá ningún beneficio. Sus dioses no son reales, no existen en ningún libro que yo haya leído, solo son unos satánicos adictos a la sangre.  Y su fuese por mi, ya habría desechado al Sacrilegio de todos sus beneficios, ¿Qué pueden perder ustedes en algo así? Buscaran otro pueblo al que demacrar, los de su clase siempre encuentran algo nuevo a lo que matar.
cosa era tétrica, la piel se me erizo al escuchar tan siquiera la primer frase-.
-Mis señores, matar solo empeora las cosas, nunca para bien o para mal. –me levante de la silla, las rodillas me temblaban y sentía un sabor agrio en mi garganta- eso es lo que mi padre me enseño, que matar no arregla nada, el correr de la sangre de inocentes no les traerá ningún beneficio. Sus dioses no son reales, no existen en ningún libro que yo haya leído, solo son unos satánicos adictos a la sangre.  Y su fuese por mi, ya habría desechado al Sacrilegio de todos sus beneficios, ¿Qué pueden perder ustedes en algo así? Buscaran otro pueblo al que demacrar, los de su clase siempre encuentran algo nuevo a lo que matar.
-¡Vicente Grimm! ¿Cómo osas hablarnos así? –un hombre de brazos musculosos y con las venas resaltadas dio un paso al frente, desafiante se poso frente a mi-. Si cree usted por un solo segundo…
-O vamos amigo, no me llame por usted me hace sentir realmente viejo, y si no me equivoco, los viejos aquí son ustedes. Por cierto, me gusta que me llamen por Vincent, no Vicente, ese no me suena.
-Si, hágase una vez mas el gracioso, y ya veremos donde enterrar vuestro cuerpo –dijo una mujer con rizos oscuros desafiante, que al instante me mostro una pequeña daga-, ¿tienen idea de lo que vamos a hacer con aquella gente pobre? Vamos a usarlos de tributos, con la esperanza de que las cosechas crezcan, la sangre de santos es muy pura y útil. Tendremos cultivos limpios y frescos para el próximo mes…
-Disculpen, pero la sangre no sirve de riego. Todo lo contrario, solo causara que se pierdan los cultivos, y la gente sabe eso y se queja de ustedes por lo sicóticos que son. Y por cierto, ¿Por qué hablar de vosotros, pensasteis, y lo que sigue así? Sí, el nombre de nuestro país y ciudad son de origen antiguo, pero no somos griegos ni romanos. Dejen de hacer idioteces y concentren sus energías en una solución real.
Una chica alta, de unos cabellos rubios y ojos azules, se recargaba en la puerta girando un cuchillo entre sus delgadas manos mientras me miraba fijamente, desafiante. Seguro que noto mi nerviosismo y me advierte que, un solo movimiento en falso, y correrá la sangre. La mujer que me amenazaba frunció los labios frustrada, se giro hacia ella y al ver su cuchillo, sus ojos se tornaron negros de cólera. Ella le sonrío pícara, y la mujer miro fijamente el movimiento de sus dedos al girar el cuchillo, podría apostar que el cuchillo de la chica legaría mil veces más rápido al corazón de la mujer. Esa simple idea me hizo sonreír, si ella tuviese mi edad me hubiese gustado como aprendiz, pero ha de tener unos dieciséis años. Me encamine hacia la chica, y sonrío al verme, me aclare la voz y dije lo mas bajo posible.
-Si sigues girando ese cuchillo, nos meterás a ambos el un problema, querida.
-Eso es lo que pretendo, enchinchar a esa mujer para que se largue, y así pueda hablar con usted –me miró de arriba abajo-, eres Grimm ¿no? Perdona, el presidente Vincent Grimm. Presidente de Cleto, Melquiades. Necesito hablar con usted, hay unos indicios de levantamiento, y si no hacemos algo crecerá hasta volverse una rebelión.
-Mira, en primer lugar no me digas usted, me hace sentir viejo, tengo veinte no setenta y tres. Segundo, si esa mujer se enfurece, usara nuestros cadáveres como pilares en el Sacrilegio. –logre que se le escapara una sonrisa-. Y en tercer lugar, yo no puedo mover ni un dedo hasta tener pruebas, y si las tuvieras yo no sería el encargado en verlas, sino el comandante Ares. Tengo un país que gobernar, no tengo tiempo para abrazar a críos pobres y repugnantes. Así que te pido que te vayas.
-Bueno, pues en ese caso te conviene ver las pruebas que tengo justo aquí–me extendió un folder negro con fotografías dentro- no me voy a estar fugando cada segundo que tengas libre, Vincent, para traerte las pruebas que tengo. Y sí señor presidente, soy huérfana.
-Muy graciosa. Hablo enserio, ya después hablare contigo. No tengo ni ganas ni tiempo de hablar contigo, niña. ¿Por qué no eres como esas niñitas que venden flores y dan saltitos al caminar? Como las del resto de tu edad.
-¿Yo? ¿¡UNA NIÑA!? –grito y los miembro nos lanzaron una mirada curiosa- NO SOY UNA NIÑA. Tengo dieciséis años, y tu veinte.
-Señorita, le pido de favor que marche ahora mismo directo al orfanato. El señorito presidente, tiene asuntos a tratar con nosotros, el Sacrilegio exige que se marche –le pidió la mujer con voz mas controladora que tranquila-. Además no debe estar fuera de su hogar…
-Ya hablo contigo, reina –le contesto la chica a la mujer, que apretaba sus puños dentro de su bata-. Déjame decirte, Grimm, que no te parecía una niña cuando entre a este lugar. Sí, vi la cara de lujuria que pusiste cuando me viste en la puerta. Pero ahora resulta que soy una niñita de tres años. ¿sabes que eso
te vuelve un pedófilo, verdad?
-Basta ya. Escúchame bien, no seguiré soportándote. Quiero, no, te ordeno que te largues a tu maldito
orfanato. Antes de que llame a seguridad.
-¡Bien! Solo que ahora puedo entender el por qué de que el Sacrilegio este siempre sobre ti –la cólera me inundo, llamarme pedófilo frente a mi gente, eso ni a mi madre se lo hubiese perdonado-, ¡Porque nunca serás un buen presidente, como Leo Grimm lo fue!
Esa fue la gota que derramo el vaso.
Le fruncí el ceño y la aparte bruscamente del camino, la arrastre del brazo hacia la puerta. Ella gritaba que la dejara o me arrepentiría, sin embargo hice caso omiso de ella y seguí atrasándola a la puerta.
Pero también ignore que llevaba un cuchillo, y de un tirón me hizo una cortada en el brazo que la sostenía.
Lance una palabrota y ésta corrió por el pasillo, empujando o apuñalando a todos aquellos que se atravesaran en su camino.
-Mierda. –regrese a mi oficina, pero el Sacrilegio ya no estaba ahí, pase mis manos por mi cabeza con aire de furia, no sé como le hare pagar por ello, pero de que la encuentro, la encuentro-
-Señor –dijo mi aprendiz llegando tímidamente por la puerta, con las manos moviéndose nerviosamente-, la chica se ha robado sus brazaletes.
Me acerco a mi repisa de plata, donde tenía puestos unos brazaletes de oro puro que mi novia me había regalado antes de fallecer, y efectivamente, ya no estaban. Sin embargo había una nota de papel pergamino rosa, con letras negras brillantes garabateadas donde se leía:
“Querido presidente:
Quiero agradecerle por su tanta atención gastada en mi, y no en sus preciadas joyas. Son hermosas por cierto. Solo quiero decirle que se me fue la mano, pero usted y yo sabemos que su mirada hacia las chicas es lujuria, y yo no fui una excepción. Gracias nuevamente por los regalos, y no se moleste en buscarme ya que si lo hace, no me encontrara. No soy huérfana, así que en el orfanato no me encontrará. Soy más conocida como contrabandista especializada, muy joven ¿no? Pues eso soy, y usted me ha dado el dinero que me faltaba. Ojala pudiese pagarle el favor.
Cariño, Wind Sheneen.”
-Hija de perra –tome mi chaqueta y le pedí a mi ayudante un carro-
-¿Hacia donde va? Hoy no tiene ningún compromiso fuera del instituto, señorito Vicente –me dijo la secretaria dándome las llaves de una camioneta-.
-A buscar a una chica, ¿podría colgar estos en toda la plaza y la zona central? Necesito urgentemente encontrarle, se a robado mis joyas.
-Claro que sí, ya mismo los envío a los negocios, ya sabe para mas publicidad.
-Muchas gracias, señora McLiving.

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